Carlos Monsiváis / Las vacaciones de Semana Santa - 20 de Abril de 2003 - Norte - Monterrey - Noticias - VLEX 78463974

Carlos Monsiváis / Las vacaciones de Semana Santa

Autor:Carlos Monsiváis
 
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En el Siglo 21, inaugurado tan trágicamente, la tradición prevaleciente de Semana Santa es el espíritu vacacionista. Persiste el ánimo religioso, los templos se llenan de fieles y los sermones se abaten sobre el alma contristada, la de los pecadores que atisban el Vía Crucis y la Resurrección desde su certeza terrenal: el consuelo de la fe compensa de la pena de no salir de la ciudad, porque, además, aquí vienen los beneficios complementarios, no hay dinero, las carreteras son muy peligrosas, los hoteles están carísimos, un cocofizz te cuesta lo que un Mercedes Benz (exagero para menospreciar al automóvil), las playas están contaminadas, en los pueblitos te encuentras a todos los que no soportas en la ciudad, los hijos se niegan a acompañarte porque bostezan nomás de conversarlo, tú mismo te estremeces de horror al imaginar los diálogos de tus suegros o de tus consuegros o de tu nuera que se siente en culpa desde que no hizo la visita de las Siete Casas por irse a contemplar el crepúsculo (eso alegó).

Lo anterior es frívolo y difama a los fieles, pero no es necesariamente calumnioso desde el momento en que las creencias recibieron de la modernidad su tiempo fijo. (Se es creyente pero a sus horas). Y salvo una minoría conspicua, esto es válido para todos.

La tradición de las vacaciones

En el Siglo 20 los vacacionistas clásicos de México (y de su capital, que pretende el monopolio de lo típico y lo clásico) se dividen en dos grandes vertientes: la primera, la masificación iniciada en la década de 1940, se distingue por el impulso broncíneo o el culto de los bronceadores, y localiza su primer centro ceremonial en las playas de Caleta y Caletilla, en La Quebrada al lado de las miradas ansiosas que siguen al clavadista en el gusto por la aglomeración que embotella las playas y le confisca a las olas su vocación tumultuosa (o algo así de rimbombante).

Y la otra vertiente, la de la cacería del Paraíso Perdido, indaga en los sitios desconocidos de la provincia y encuentra los escenarios idílicos donde se come regiamente por casi nada, y en donde los paisajes aportan el sentimiento devoto que se hubiese dado burocráticamente en las ceremonias eclesiásticas. (Eso dicen). ¡Ah, Tepoztlán en 1950! ¡Ah Tlayacapan! ¡Ah, Chapala! (Medio siglo después, en esos u otros lugares alguien recuerda que conoció alguna vez un nativo del lugar. La mayoría de los pobladores ya descienden de la etnia más poblada: la de los turistas).

La modernidad va desplazando del...

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